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Freud and Lacan in the World
A foreign perspective on two Argentine heroes
Jorge Bafico

Maradona hizo dos goles contra Inglaterra en cuatro minutos: el primero metió la mano; el segundo, dicen, fue una obra de arte. Trampa y arte. Quizás no haya mejor manera de explicar a Maradona: el genio y el exceso en la misma persona.
Desde ese momento Maradona, ya héroe, se convirtió en una especie de dios terrenal. De aquellos del Olimpo que mostraban miserias mucho más humanas que celestiales. El Diego fue un dios griego, uno con minúscula, que mostró públicamente aquello que nosotros intentamos poner debajo de la alfombra. Fue un líder de lo indecoroso: de eso que todos tenemos, de lo que nadie puede abstraerse del todo y que, sin embargo, rechazamos.
Maradona nos mostró descarnadamente lo contradictorios que podemos ser. El Diego de los contrastes, de los claroscuros. Amalgamaba todos los colores del universo de las emociones, de las lealtades y las traiciones, de los amores y los odios. Tenía la virtud de ser aquello que admiramos y rechazamos al mismo tiempo. Algo que solo pueden producir esas figuras que nos subyugan también por sus faltas. Tan nuestras, tan suyas. Un hombre que vivió como un dios, pero que sufrió como un hombre.
Después apareció Messi.
Jugaba como nadie, pero no alcanzaba. Su cuerpo no era el del exceso sino el del cuidado. Su vida parecía organizada. No necesitaba enfrentarse permanentemente con nadie. Durante años los argentinos encontraron motivos para desconfiar de él: no cantaba el himno, había crecido en Barcelona, no gritaba, no tenía carácter. La acusación era extraordinaria: al mejor jugador del mundo se le reprochaban cosas que no tenían casi nada que ver con el fútbol.
En realidad, se le exigía ser como el Diego.
Freud entendió que una multitud se transforma en masa cuando algo ocupa para todos el lugar del Ideal. Maradona lo había ocupado de una manera tan feroz que quien viniera después tendría que medirse con él. Messi no jugaba solamente contra Brasil, Alemania o Francia. Jugaba también contra un muerto. Y contra los muertos, se sabe, es muy difícil ganar.
Tuvo que perder. Perdió finales, lloró, renunció a la selección y volvió. El héroe que no era héroe. Hasta que ganó la Copa América y se redimió ante su pueblo. Luego llegó el Mundial de 2022. Después del partido contra Holanda ocurrió algo pequeño: Messi miró hacia un costado y dijo: “¿Qué mirás, bobo?”.
Argentina enloqueció.
El héroe mudo finalmente había hablado en el lenguaje del Diegote.
Los pueblos inventan ídolos para decir algo de sí mismos que de otra manera no sabrían decir. Miller afirma que la identificación es, en sí misma, lazo social. Quizás un ídolo haga precisamente eso: consigue que millones de desconocidos se reconozcan por un instante mirando hacia el mismo lugar.
Durante años se le pidió a Messi que fuera aquello que no era. Que gritara, que se enojara, que cantara, que mostrara carácter. En definitiva, que tuviera algún rasgo del Diego. Hasta que ocurrió algo bastante más interesante: Messi dejó de tener que parecerse a Maradona para poder ocupar su propio lugar.
Tal vez allí esté la paradoja del ídolo. La identificación hace lazo social: millones pueden reconocerse mirando hacia el mismo lugar. Pero aquello que verdaderamente nos subyuga de un ídolo no es necesariamente lo que comparte con nosotros, sino aquello que no comparte con nadie.
Maradona hizo del exceso una manera de arreglárselas con la vida. Messi encontró la suya en cierta obstinación silenciosa.
Tan nuestros y, al mismo tiempo, tan radicalmente otros.
Quizás por eso los ídolos sean éxtimos: ponemos en ellos algo profundamente nuestro para terminar admirando aquello que nunca podremos ser.
Maradona hizo dos goles contra Inglaterra en cuatro minutos: el primero metió la mano; el segundo, dicen, fue una obra de arte. Trampa y arte. Quizás no haya mejor manera de explicar a Maradona: el genio y el exceso en la misma persona.
Desde ese momento Maradona, ya héroe, se convirtió en una especie de dios terrenal. De aquellos del Olimpo que mostraban miserias mucho más humanas que celestiales. El Diego fue un dios griego, uno con minúscula, que mostró públicamente aquello que nosotros intentamos poner debajo de la alfombra. Fue un líder de lo indecoroso: de eso que todos tenemos, de lo que nadie puede abstraerse del todo y que, sin embargo, rechazamos.
Maradona nos mostró descarnadamente lo contradictorios que podemos ser. El Diego de los contrastes, de los claroscuros. Amalgamaba todos los colores del universo de las emociones, de las lealtades y las traiciones, de los amores y los odios. Tenía la virtud de ser aquello que admiramos y rechazamos al mismo tiempo. Algo que solo pueden producir esas figuras que nos subyugan también por sus faltas. Tan nuestras, tan suyas. Un hombre que vivió como un dios, pero que sufrió como un hombre.
Después apareció Messi.
Jugaba como nadie, pero no alcanzaba. Su cuerpo no era el del exceso sino el del cuidado. Su vida parecía organizada. No necesitaba enfrentarse permanentemente con nadie. Durante años los argentinos encontraron motivos para desconfiar de él: no cantaba el himno, había crecido en Barcelona, no gritaba, no tenía carácter. La acusación era extraordinaria: al mejor jugador del mundo se le reprochaban cosas que no tenían casi nada que ver con el fútbol.
En realidad, se le exigía ser como el Diego.
Freud entendió que una multitud se transforma en masa cuando algo ocupa para todos el lugar del Ideal. Maradona lo había ocupado de una manera tan feroz que quien viniera después tendría que medirse con él. Messi no jugaba solamente contra Brasil, Alemania o Francia. Jugaba también contra un muerto. Y contra los muertos, se sabe, es muy difícil ganar.
Tuvo que perder. Perdió finales, lloró, renunció a la selección y volvió. El héroe que no era héroe. Hasta que ganó la Copa América y se redimió ante su pueblo. Luego llegó el Mundial de 2022. Después del partido contra Holanda ocurrió algo pequeño: Messi miró hacia un costado y dijo: “¿Qué mirás, bobo?”.
Argentina enloqueció.
El héroe mudo finalmente había hablado en el lenguaje del Diegote.
Los pueblos inventan ídolos para decir algo de sí mismos que de otra manera no sabrían decir. Miller afirma que la identificación es, en sí misma, lazo social. Quizás un ídolo haga precisamente eso: consigue que millones de desconocidos se reconozcan por un instante mirando hacia el mismo lugar.
Durante años se le pidió a Messi que fuera aquello que no era. Que gritara, que se enojara, que cantara, que mostrara carácter. En definitiva, que tuviera algún rasgo del Diego. Hasta que ocurrió algo bastante más interesante: Messi dejó de tener que parecerse a Maradona para poder ocupar su propio lugar.
Tal vez allí esté la paradoja del ídolo. La identificación hace lazo social: millones pueden reconocerse mirando hacia el mismo lugar. Pero aquello que verdaderamente nos subyuga de un ídolo no es necesariamente lo que comparte con nosotros, sino aquello que no comparte con nadie.
Maradona hizo del exceso una manera de arreglárselas con la vida. Messi encontró la suya en cierta obstinación silenciosa.
Tan nuestros y, al mismo tiempo, tan radicalmente otros.
Quizás por eso los ídolos sean éxtimos: ponemos en ellos algo profundamente nuestro para terminar admirando aquello que nunca podremos ser.
Maradona hizo dos goles contra Inglaterra en cuatro minutos: el primero metió la mano; el segundo, dicen, fue una obra de arte. Trampa y arte. Quizás no haya mejor manera de explicar a Maradona: el genio y el exceso en la misma persona.
Desde ese momento Maradona, ya héroe, se convirtió en una especie de dios terrenal. De aquellos del Olimpo que mostraban miserias mucho más humanas que celestiales. El Diego fue un dios griego, uno con minúscula, que mostró públicamente aquello que nosotros intentamos poner debajo de la alfombra. Fue un líder de lo indecoroso: de eso que todos tenemos, de lo que nadie puede abstraerse del todo y que, sin embargo, rechazamos.
Maradona nos mostró descarnadamente lo contradictorios que podemos ser. El Diego de los contrastes, de los claroscuros. Amalgamaba todos los colores del universo de las emociones, de las lealtades y las traiciones, de los amores y los odios. Tenía la virtud de ser aquello que admiramos y rechazamos al mismo tiempo. Algo que solo pueden producir esas figuras que nos subyugan también por sus faltas. Tan nuestras, tan suyas. Un hombre que vivió como un dios, pero que sufrió como un hombre.
Después apareció Messi.
Jugaba como nadie, pero no alcanzaba. Su cuerpo no era el del exceso sino el del cuidado. Su vida parecía organizada. No necesitaba enfrentarse permanentemente con nadie. Durante años los argentinos encontraron motivos para desconfiar de él: no cantaba el himno, había crecido en Barcelona, no gritaba, no tenía carácter. La acusación era extraordinaria: al mejor jugador del mundo se le reprochaban cosas que no tenían casi nada que ver con el fútbol.
En realidad, se le exigía ser como el Diego.
Freud entendió que una multitud se transforma en masa cuando algo ocupa para todos el lugar del Ideal. Maradona lo había ocupado de una manera tan feroz que quien viniera después tendría que medirse con él. Messi no jugaba solamente contra Brasil, Alemania o Francia. Jugaba también contra un muerto. Y contra los muertos, se sabe, es muy difícil ganar.
Tuvo que perder. Perdió finales, lloró, renunció a la selección y volvió. El héroe que no era héroe. Hasta que ganó la Copa América y se redimió ante su pueblo. Luego llegó el Mundial de 2022. Después del partido contra Holanda ocurrió algo pequeño: Messi miró hacia un costado y dijo: “¿Qué mirás, bobo?”.
Argentina enloqueció.
El héroe mudo finalmente había hablado en el lenguaje del Diegote.
Los pueblos inventan ídolos para decir algo de sí mismos que de otra manera no sabrían decir. Miller afirma que la identificación es, en sí misma, lazo social. Quizás un ídolo haga precisamente eso: consigue que millones de desconocidos se reconozcan por un instante mirando hacia el mismo lugar.
Durante años se le pidió a Messi que fuera aquello que no era. Que gritara, que se enojara, que cantara, que mostrara carácter. En definitiva, que tuviera algún rasgo del Diego. Hasta que ocurrió algo bastante más interesante: Messi dejó de tener que parecerse a Maradona para poder ocupar su propio lugar.
Tal vez allí esté la paradoja del ídolo. La identificación hace lazo social: millones pueden reconocerse mirando hacia el mismo lugar. Pero aquello que verdaderamente nos subyuga de un ídolo no es necesariamente lo que comparte con nosotros, sino aquello que no comparte con nadie.
Maradona hizo del exceso una manera de arreglárselas con la vida. Messi encontró la suya en cierta obstinación silenciosa.
Tan nuestros y, al mismo tiempo, tan radicalmente otros.
Quizás por eso los ídolos sean éxtimos: ponemos en ellos algo profundamente nuestro para terminar admirando aquello que nunca podremos ser.


