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La bola negra y la revisión de la historia

Neus Carbonell*

La potencia del cine como arte y espectáculo es indiscutible. Tanto es así que los gobiernos no han dudado en recurrir a su capacidad narrativa como instrumento de propaganda, sin olvidar el cine documental y de denuncia, ni tampoco su vertiente más esteticista e innovadora. La bola negra (2026), por su parte, opta por un revisionismo histórico al servicio de una reivindicación. Dirigida por Javier Calvo y Javier Ambrossi, conocidos como los Javis, cuenta con la participación del dramaturgo Alberto Conejero en el guion y con la fotografía de Gris Jordana. La Academia de Cine española la ha seleccionado para representar a España en los Oscar de 2027, en la categoría de mejor película internacional.

Éxito de público y éxito de crítica aparte —aunque también tiene sus detractores—, la película se hace eco de un rasgo propio de nuestra civilización: la reivindicación de las formas de goce. En este sentido, constituye una revisión queer de la historia de España que anula o simplifica los otros conflictos que la han atravesado. No me parece menor, por tanto, la elección del manuscrito inacabado de García Lorca como metáfora central, ni la de la Guerra Civil como escenario. Esta aparece como un decorado trágico que subraya y acentúa el drama de los amores prohibidos, y no como un conflicto que tuvo que ver con muchos otros aspectos sobre los que la película no tiene nada que decir. Sin ir más lejos, Federico García Lorca fue asesinado por los franquistas junto con un maestro republicano y dos anarquistas. Su muerte no puede explicarse únicamente por su homosexualidad, aunque así parece sugerirlo el filme, sino que debe situarse también en el contexto de la represión desencadenada por los sublevados contra la República. La película diluye cualquier otro conflicto que no sea el de la bola negra.

El revisionismo de la película impone una determinada forma de narrar, más próxima a un relato relativamente simple, que se apoya en escenas llamativas y de cuidada estética antes que en una historización compleja. Parece buscar, sobre todo, despertar sentimientos y pasiones, el terreno donde triunfan las identificaciones. A ello contribuye la construcción de personajes vacuos y estereotipados, como los alegres soldados franquistas o las divertidas monjas que elogian el buen comportamiento de los “rojos” en el hospital. La guerra queda así despojada de buena parte de su violencia, para convertirse en el escenario de una historia de amores prohibidos.

Las secuencias cinematográficas rebosan emotividad gracias a una excelente fotografía y a una banda sonora cuidadosamente seleccionada, en detrimento de una narración que haría más evidente la complejidad de la historia e incluso la imposibilidad misma de narrarla. Abundan las escenas cargadas de esteticismo, cuando no de exhibicionismo, como aquella en la que Sebastián trepa por la estatua de san Sebastián atravesado por flechas. Estas imágenes contribuyen a simplificar el conflicto, como si solo hubiera una cuestión que defender: la reivindicación de una forma de gozar.

La bola negra desarrolla tres historias de homosexualidad masculina situadas en tres momentos —1932, 1939 y 2017—, unidas por un texto, una pieza teatral inacabada de Federico García Lorca, y por la metáfora de la bola negra como marca de la exclusión social. El punto de partida resulta prometedor. Sin embargo, las historias acaban volviéndose previsibles y sensibleras. Algunos elementos centrales del guion quedan insuficientemente resueltos, como la entrega de una carta de García Lorca, que parece constituir uno de los pilares de la historia, pero cuya resolución carece de fuerza narrativa.

La emotividad del filme permite ignorar, o al menos tamizar, la pulsión de muerte que insiste en la historia y que encuentra en la guerra una de sus expresiones más extremas. La película hace, finalmente, una apología de un amor perseguido y prohibido, capaz incluso de unir a los enemigos. Pero, mientras este amor se celebra, otras formas de goce siguen siendo segregadas. La película plantea una buena pregunta: ¿cómo vivir con el goce del extranjero, del extraño, que nos resulta intolerable? No estoy segura, sin embargo, de que dé con la respuesta.

* Psychoanalyst member of WAP and ELP. Practices psychoanalysis in Barcelona

La potencia del cine como arte y espectáculo es indiscutible. Tanto es así que los gobiernos no han dudado en recurrir a su capacidad narrativa como instrumento de propaganda, sin olvidar el cine documental y de denuncia, ni tampoco su vertiente más esteticista e innovadora. La bola negra (2026), por su parte, opta por un revisionismo histórico al servicio de una reivindicación. Dirigida por Javier Calvo y Javier Ambrossi, conocidos como los Javis, cuenta con la participación del dramaturgo Alberto Conejero en el guion y con la fotografía de Gris Jordana. La Academia de Cine española la ha seleccionado para representar a España en los Oscar de 2027, en la categoría de mejor película internacional.

Éxito de público y éxito de crítica aparte —aunque también tiene sus detractores—, la película se hace eco de un rasgo propio de nuestra civilización: la reivindicación de las formas de goce. En este sentido, constituye una revisión queer de la historia de España que anula o simplifica los otros conflictos que la han atravesado. No me parece menor, por tanto, la elección del manuscrito inacabado de García Lorca como metáfora central, ni la de la Guerra Civil como escenario. Esta aparece como un decorado trágico que subraya y acentúa el drama de los amores prohibidos, y no como un conflicto que tuvo que ver con muchos otros aspectos sobre los que la película no tiene nada que decir. Sin ir más lejos, Federico García Lorca fue asesinado por los franquistas junto con un maestro republicano y dos anarquistas. Su muerte no puede explicarse únicamente por su homosexualidad, aunque así parece sugerirlo el filme, sino que debe situarse también en el contexto de la represión desencadenada por los sublevados contra la República. La película diluye cualquier otro conflicto que no sea el de la bola negra.

El revisionismo de la película impone una determinada forma de narrar, más próxima a un relato relativamente simple, que se apoya en escenas llamativas y de cuidada estética antes que en una historización compleja. Parece buscar, sobre todo, despertar sentimientos y pasiones, el terreno donde triunfan las identificaciones. A ello contribuye la construcción de personajes vacuos y estereotipados, como los alegres soldados franquistas o las divertidas monjas que elogian el buen comportamiento de los “rojos” en el hospital. La guerra queda así despojada de buena parte de su violencia, para convertirse en el escenario de una historia de amores prohibidos.

Las secuencias cinematográficas rebosan emotividad gracias a una excelente fotografía y a una banda sonora cuidadosamente seleccionada, en detrimento de una narración que haría más evidente la complejidad de la historia e incluso la imposibilidad misma de narrarla. Abundan las escenas cargadas de esteticismo, cuando no de exhibicionismo, como aquella en la que Sebastián trepa por la estatua de san Sebastián atravesado por flechas. Estas imágenes contribuyen a simplificar el conflicto, como si solo hubiera una cuestión que defender: la reivindicación de una forma de gozar.

La bola negra desarrolla tres historias de homosexualidad masculina situadas en tres momentos —1932, 1939 y 2017—, unidas por un texto, una pieza teatral inacabada de Federico García Lorca, y por la metáfora de la bola negra como marca de la exclusión social. El punto de partida resulta prometedor. Sin embargo, las historias acaban volviéndose previsibles y sensibleras. Algunos elementos centrales del guion quedan insuficientemente resueltos, como la entrega de una carta de García Lorca, que parece constituir uno de los pilares de la historia, pero cuya resolución carece de fuerza narrativa.

La emotividad del filme permite ignorar, o al menos tamizar, la pulsión de muerte que insiste en la historia y que encuentra en la guerra una de sus expresiones más extremas. La película hace, finalmente, una apología de un amor perseguido y prohibido, capaz incluso de unir a los enemigos. Pero, mientras este amor se celebra, otras formas de goce siguen siendo segregadas. La película plantea una buena pregunta: ¿cómo vivir con el goce del extranjero, del extraño, que nos resulta intolerable? No estoy segura, sin embargo, de que dé con la respuesta.

* Psychoanalyst member of WAP and ELP. Practices psychoanalysis in Barcelona

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