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Art
Banksy y la (no) identidad del artista
Joaquín Carrasco Bahamonde*
Una nota de prensa anuncia que se ha revelado la identidad del creador de obras icónicas como “Girl with balloon”, mural que representa a una niña que ha soltado (¿o intenta alcanzar?) un globo con forma de corazón. Esta obra, que se presta para interpretaciones, pasó a ser la favorita de los británicos según una encuesta realizada en 2017. El interés por descubrir quién opera con el nombre de Banksy no es nuevo, y ha dado lugar a distintas teorías.
Es un fenómeno interesante que nos hace pensar sobre el lugar que tiene la identidad del autor en la operación artística. Y es que hay algo que nos permite reconocer que una obra es de tal o cual artista, ya sea por el uso de los materiales, por una apuesta particular de los elementos formales, como también por los temas que se abordan. Pintores como el Bosco consiguen crear un mundo nuevo, con sus propios personajes, símbolos y referencias que llevan a que la obra cobre vida propia. Y hablamos de el Bosco, no de Jheronimus van Aken. Incluso aquellos que se inscriben con su nombre original, dicho nombre se despega de la persona y adquiere un nuevo estatuto.
En consecuencia, no es claro que la identidad de la persona que realiza la práctica artística determine la relación entre un nombre y un conjunto de obras. La cuestión se complejiza con el arte contemporáneo, una vez que el artista ya no es quien, necesariamente, se encarga de la manufactura de los objetos artísticos. Es la apuesta del ready-made de Duchamp, que traumatizó la concepción del artista y su trabajo.
Algo similar encontramos en el campo del psicoanálisis, cuando Jacques Lacan sostuvo enfáticamente que el analista no opera desde su identidad. Al igual que Banksy con su obra, el analista es una función que mantiene una distancia con la persona que la sostiene. Es necesario que alguien encarne dicha función, pero, al mismo tiempo, en su acto como analista se separa de cualquier identidad. Un analista no es producto de un Yo que se define como tal, sino que es el resultado de la experiencia analítica misma. Al analista, entonces, le conviene hacer como Banksy, vaciar su identidad para encarnar un vacío y una condensación de libido que dé lugar a su acto.
En 2018, una copia enmarcada de “Girl with balloon” fue vendida por más de un millón de libras. No solo el elevado precio causó sorpresa, sino también la trituradora que comenzó a funcionar luego de la subasta, dando lugar a la destrucción de la imagen y abriendo la interrogante ¿cuál es la obra? Cabe destacar que el autor pretendía que la imagen se triturara por completo, pero la máquina falló justo en la mitad. Este error, que sorprendió también al artista, nos enseña que no hay acto sin contingencia.
Una nota de prensa anuncia que se ha revelado la identidad del creador de obras icónicas como “Girl with balloon”, mural que representa a una niña que ha soltado (¿o intenta alcanzar?) un globo con forma de corazón. Esta obra, que se presta para interpretaciones, pasó a ser la favorita de los británicos según una encuesta realizada en 2017. El interés por descubrir quién opera con el nombre de Banksy no es nuevo, y ha dado lugar a distintas teorías.
Es un fenómeno interesante que nos hace pensar sobre el lugar que tiene la identidad del autor en la operación artística. Y es que hay algo que nos permite reconocer que una obra es de tal o cual artista, ya sea por el uso de los materiales, por una apuesta particular de los elementos formales, como también por los temas que se abordan. Pintores como el Bosco consiguen crear un mundo nuevo, con sus propios personajes, símbolos y referencias que llevan a que la obra cobre vida propia. Y hablamos de el Bosco, no de Jheronimus van Aken. Incluso aquellos que se inscriben con su nombre original, dicho nombre se despega de la persona y adquiere un nuevo estatuto.
En consecuencia, no es claro que la identidad de la persona que realiza la práctica artística determine la relación entre un nombre y un conjunto de obras. La cuestión se complejiza con el arte contemporáneo, una vez que el artista ya no es quien, necesariamente, se encarga de la manufactura de los objetos artísticos. Es la apuesta del ready-made de Duchamp, que traumatizó la concepción del artista y su trabajo.
Algo similar encontramos en el campo del psicoanálisis, cuando Jacques Lacan sostuvo enfáticamente que el analista no opera desde su identidad. Al igual que Banksy con su obra, el analista es una función que mantiene una distancia con la persona que la sostiene. Es necesario que alguien encarne dicha función, pero, al mismo tiempo, en su acto como analista se separa de cualquier identidad. Un analista no es producto de un Yo que se define como tal, sino que es el resultado de la experiencia analítica misma. Al analista, entonces, le conviene hacer como Banksy, vaciar su identidad para encarnar un vacío y una condensación de libido que dé lugar a su acto.
En 2018, una copia enmarcada de “Girl with balloon” fue vendida por más de un millón de libras. No solo el elevado precio causó sorpresa, sino también la trituradora que comenzó a funcionar luego de la subasta, dando lugar a la destrucción de la imagen y abriendo la interrogante ¿cuál es la obra? Cabe destacar que el autor pretendía que la imagen se triturara por completo, pero la máquina falló justo en la mitad. Este error, que sorprendió también al artista, nos enseña que no hay acto sin contingencia.


