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Psy world updates

Las sinuosidades del diagnóstico

Lizbeth Ahumada Yanet*

En recientes entrevistas[1] la psicóloga Uta Frith ha expresado con cierta decepción  que no cree más en el diagnóstico del trastorno del espectro autista que ella misma ayudó a forjar, generando así una discusión que trasciende el marco clínico y se permea de los movimientos culturales de la época actual. En este sentido, advierte, a sus 84 años, que el concepto de “espectro” se amplió tanto que podría haber perdido su valor clínico. El fenómeno de un crecimiento exponencial de los diagnósticos tardíos del espectro autista, muchas veces emitidos por una autopercepción de sí, sobre todo en adolescentes y adultos, es lo que preocupa y alarma a Frith.

Ahora bien, enfoquémonos en las preocupaciones que Frith manifiesta y que dan cuenta de la desesperanza ante la pérdida de la autoridad científica, y del sentimiento de impotencia por el despojo del saber de la ciencia, de sus investigaciones y de sus hallazgos,  deviniendo  de dominio público. Es decir, la cuerda se tensa entre la verdad dictada  por la ciencia y la verdad proclamada por quienes reivindican el derecho a nombrarse y a participar activamente en lo referido a sus necesidades y sus requerimientos. Hay un ganador y un perdedor a partir del agente de la nominación de una realidad subjetiva. Algo así como: ¿Quién dice la verdad sobre  mi ser, la ciencia o yo mismo?

Por consiguiente, y a pesar de la evidencia de las afirmaciones de Frith, debemos hacer un esfuerzo por precisar dónde está el sujeto autista tras la acumulación de decires de los cambiantes movimientos culturales que promueven un decidido activismo, porque se trata de eso: el activismo resultante del empuje a la fraternidad a partir de hacer de un nombre propio un nombre común. Es la clara ilustración de lo que Jacques Alain Miller ha llamado la despatologización de la clínica: “Nos toca poner nuestra práctica al compás de esta nueva era, sin nostalgia, sin amargura, sin espíritu de revancha”[2]; parece un buen consejo para Utah Frith.

La idea diagnóstica de un trastorno del espectro autista conlleva en sí misma la decisión de no ceder a una causa común, pero diluye el autismo en la gradación imprecisa de subconjuntos de síntomas y comportamientos. Tenemos entonces las asociaciones de autistas que se conforman en diferentes y numerosos países tanto de Europa como de América. Se caracterizan básicamente por el hecho de anunciar que se autoperciben como autistas; esto constituye el derecho de admisión: ser autista. Lo que parece evidente, sin embargo, es que la autoproclamación del autista no resuelve el enigma del imposible vínculo con los otros; introduce, sí, y no es poco, un sentido a la vivencia de inadecuación con el mundo. En este caso, el hecho de que tal autopercepción coincida con un diagnóstico clínico no parece ser lo esencial.

Las asociaciones de autistas se hacen escuchar en escenarios de promulgación de leyes y de consecución de derechos. ¡Bien por ellos! . Al mismo tiempo, libran una nueva batalla con los estamentos de salud y de protección social autorizados por el Estado, encargados de establecer un diagnóstico y un  tratamiento. Se puede plantear así: Los organismos estatales de salud  adecuan sus protocolos de evaluación, pero ¿qué sucede cuando el diagnóstico  pasa a establecerse como una identidad? ¿Cómo hacerlo operativo para obtener los beneficios que el Estado debe otorgar?  En efecto, en estos términos se presentan actualmente las fuerzas que entran en pugna.

Una de estas asociaciones en Colombia, me contacta para preguntar por la ayuda que, desde el psicoanálisis, se puede ofrecer a quienes no tienen las herramientas que posibilitarían la admisión en la Asociación (un lenguaje efectivo, un proyecto de vida más o menos definido, etc.). Es decir, testimonian del hecho  de que la agrupación cumple con fines determinados para reivindicar un modo de estar en el mundo y librar batallas desde esa trinchera; pero, aproximarse a saber cómo vive su condición de autista cada sujeto, y cómo se defiende del tormento de su ser, es algo que no está en sus manos. Y es allí donde se abre la posibilidad de un encuentro, modesto y decisivo, que valora las conquistas singulares; y es en la orientación lacaniana donde encontramos las condiciones para que esto se dé. 

[1] La edición del 22 de septiembre del diario argentino CLARIN INTERNACIONAL recoge las entrevistas de medios como The Times o The Telegraph. Cfr: http://www.clarin.com/internacional/giro-historico-autismo

[2] Miller, J.-A. Todo el mundo es loco. En: Revista Lacaniana de Psicoanálisis No. 32. Publicación de la Escuela de la Orientación Lacaniana. Ed. Grama. Buenos Aires, diciembre de 2022. Pág 16.

En recientes entrevistas[1] la psicóloga Uta Frith ha expresado con cierta decepción  que no cree más en el diagnóstico del trastorno del espectro autista que ella misma ayudó a forjar, generando así una discusión que trasciende el marco clínico y se permea de los movimientos culturales de la época actual. En este sentido, advierte, a sus 84 años, que el concepto de “espectro” se amplió tanto que podría haber perdido su valor clínico. El fenómeno de un crecimiento exponencial de los diagnósticos tardíos del espectro autista, muchas veces emitidos por una autopercepción de sí, sobre todo en adolescentes y adultos, es lo que preocupa y alarma a Frith.

Ahora bien, enfoquémonos en las preocupaciones que Frith manifiesta y que dan cuenta de la desesperanza ante la pérdida de la autoridad científica, y del sentimiento de impotencia por el despojo del saber de la ciencia, de sus investigaciones y de sus hallazgos,  deviniendo  de dominio público. Es decir, la cuerda se tensa entre la verdad dictada  por la ciencia y la verdad proclamada por quienes reivindican el derecho a nombrarse y a participar activamente en lo referido a sus necesidades y sus requerimientos. Hay un ganador y un perdedor a partir del agente de la nominación de una realidad subjetiva. Algo así como: ¿Quién dice la verdad sobre  mi ser, la ciencia o yo mismo?

Por consiguiente, y a pesar de la evidencia de las afirmaciones de Frith, debemos hacer un esfuerzo por precisar dónde está el sujeto autista tras la acumulación de decires de los cambiantes movimientos culturales que promueven un decidido activismo, porque se trata de eso: el activismo resultante del empuje a la fraternidad a partir de hacer de un nombre propio un nombre común. Es la clara ilustración de lo que Jacques Alain Miller ha llamado la despatologización de la clínica: “Nos toca poner nuestra práctica al compás de esta nueva era, sin nostalgia, sin amargura, sin espíritu de revancha”[2]; parece un buen consejo para Utah Frith.

La idea diagnóstica de un trastorno del espectro autista conlleva en sí misma la decisión de no ceder a una causa común, pero diluye el autismo en la gradación imprecisa de subconjuntos de síntomas y comportamientos. Tenemos entonces las asociaciones de autistas que se conforman en diferentes y numerosos países tanto de Europa como de América. Se caracterizan básicamente por el hecho de anunciar que se autoperciben como autistas; esto constituye el derecho de admisión: ser autista. Lo que parece evidente, sin embargo, es que la autoproclamación del autista no resuelve el enigma del imposible vínculo con los otros; introduce, sí, y no es poco, un sentido a la vivencia de inadecuación con el mundo. En este caso, el hecho de que tal autopercepción coincida con un diagnóstico clínico no parece ser lo esencial.

Las asociaciones de autistas se hacen escuchar en escenarios de promulgación de leyes y de consecución de derechos. ¡Bien por ellos! . Al mismo tiempo, libran una nueva batalla con los estamentos de salud y de protección social autorizados por el Estado, encargados de establecer un diagnóstico y un  tratamiento. Se puede plantear así: Los organismos estatales de salud  adecuan sus protocolos de evaluación, pero ¿qué sucede cuando el diagnóstico  pasa a establecerse como una identidad? ¿Cómo hacerlo operativo para obtener los beneficios que el Estado debe otorgar?  En efecto, en estos términos se presentan actualmente las fuerzas que entran en pugna.

Una de estas asociaciones en Colombia, me contacta para preguntar por la ayuda que, desde el psicoanálisis, se puede ofrecer a quienes no tienen las herramientas que posibilitarían la admisión en la Asociación (un lenguaje efectivo, un proyecto de vida más o menos definido, etc.). Es decir, testimonian del hecho  de que la agrupación cumple con fines determinados para reivindicar un modo de estar en el mundo y librar batallas desde esa trinchera; pero, aproximarse a saber cómo vive su condición de autista cada sujeto, y cómo se defiende del tormento de su ser, es algo que no está en sus manos. Y es allí donde se abre la posibilidad de un encuentro, modesto y decisivo, que valora las conquistas singulares; y es en la orientación lacaniana donde encontramos las condiciones para que esto se dé. 

[1] La edición del 22 de septiembre del diario argentino CLARIN INTERNACIONAL recoge las entrevistas de medios como The Times o The Telegraph. Cfr: http://www.clarin.com/internacional/giro-historico-autismo

[2] Miller, J.-A. Todo el mundo es loco. En: Revista Lacaniana de Psicoanálisis No. 32. Publicación de la Escuela de la Orientación Lacaniana. Ed. Grama. Buenos Aires, diciembre de 2022. Pág 16.

*Psychoanalyst member of the WAP and NEL. Practices psychoanalysis in Bogotá

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